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pueblo de Sorvilán
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Tierras de Viñedo 2020

14. Julio 2007 | Por es | Categoria: bodega, vino

Después de dos largos años en los que las inclemencias del tiempo obligaron a tomar decisiones drásticas fui forzado a abandonar el pueblo que me vio nacer, crecer y pensé que no me vería morir.
La decisión además de drástica y dolorosa fue muy meditada. Resultaba necesario irse lejos, cuanto más lejos mejor.
Es por ello por lo que decidí refugiarme en un paraiso al sur del continente virgen. El color amarillento del paisaje, las temperaturas elevadas, el olor a hierba seca me mantuvieron en contacto con mi vida anterior. El tiempo fue pasando lentamente y en una de mis visitas al mercadillo del líquido, alguien se dirigió a mí en un lenguaje que me pareció familiar: era Alpujarreño.
En ese mismo instante regresó a mi mente toda la juventud que me había ido dejando en aquellos barrancos. La diferencia de edad, de cultura, de mirada y de experiencias sufridas contribuyó a que la conversación fuese además de amena,rápida y sobre todo enriquecedora. La noche resultó pesada y el líquido adquirido en el mercadillo se encargó de apartarme de la realidad. Todo en mi mente eran añoranzas, olores imaginados, sabores ya descubiertos con anterioridad. Todo resultaba en realidad un sueño. A la mañana siguiente volví a contactar con la joven, la cual me informó que volvía a su tierra sobre el mediodía. No tuve tiempo de reflexionar, ni de calcular, ni de pensar. La decisión la había tomado cincuenta años antes. Me volvía con ella.
Durante el periplo le hablé, que no hablamos, de personas, de personajes que también se vieron forzados a abandonar sus raices. También de cuadras, de caminos, de carreterillas, de barrancos, de mulos, de almendros, de higueras, de algarrobos, de chumbos en el mes de Julio y sobre todo de cepas, de sarmientos, de cubas, de toneles, de garrafas, de vasos, de vasillos, de arrobas, de sueños dormidos, de despertares soñados, de blancos, de tintos, de rosados, de olores olvidados. Ella sólo se limitaba a escuchar y a mover la cabeza negandolo todo con una tenue sonrisa de estupefacción dibujada en sus labios.
De pronto afirmó: “hemos llegado”. Al descender de la nave volví a sentirme un ser totalmente extraño. Este no era mi lugar ni mi refugio. Aquí no podían estar mis raices. No conocía nada. Logré orientarme al ver Sierra Nevada a mi espalda y el Mar en frente. Era imposible averiguar el lugar donde me encontraba. Ella fue quién me dijo: Estamos en el Aeropuerto de la Chalupa

La descripción del paisaje que nos rodeaba fue dificil de asimilar. Busqué el verde a media altura de las viñas en el mes de julio, el de las higueras y breveras, el de los algarrobos. Busqué el amarillo a ras de suelo de hierba seca o de algún campo de cebada o avena dispuesto a ser recolectado. Busqué el marrón blanquecino de mi tierra sedienta. No encontré nada.

Todo era verde artificial, casas blancas con porche a la entrada, mesas y sillas imitando a la madera vacías, perros negros ladrando continuamente, albercas azules, campos inmensos simulando pertenecer a la naturaleza, rios artificiales, lagos muertos y carteles, muchos carteles: “Campo de Golf la Jarilla”, “urbanización Cerro del Madroño” “Piscina cubierta la Monstesina”, “Area recreativa Cerro de Cifrán” “Hotel el Portichuelo”, “Restaurante el Chaparral…
Volví la mirada hacia atrás: Gris oscuro, inmensas explanadas forradas de asfalto y hormigón. Lenguas en todas direcciones. Almería, Granada, Alpujarra Alta, Sierra Nevada, Complejo Turistico Rubite el Alto, Residencial Los Yesos… Eran culebras alargadas en su época de letargo.

Llegamos por fín a la venta y dirigí la mirada hacia abajo, esperando encontrar un resquicio, aparte de los nombres, con el que satisfacer a mi alma. Nada. Más verde artificial y más concentrado si cabe. “Village Sorvilán”, sólo el nombre. ¡ Por todos los Dioses! ¡Donde está mi Pueblo! Descubrí un cartelito: Casco Antiguo. Hacia allí desfilé, creo que sólo. Hasta llegar a la primera ruina de la primera bodega el suelo parecía temblar y mis cinco sentidos dejaron de acompañarme.

HOMBRE DE BODEGAS

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  1. Entré al pueblo por donde siempre se había entrado; por la bodega de Don Hermene. A mano izquierda encontré el resquicio que buscaba, el cementerio, que se conservaba exactamente igual que el recuerdo que mi mente almacenaba. Sus cipreses, sus apartamentos de tre metros cuadrados, su verja negra, sus muros blancos, aunque también habían osado ponerle un poco de hormigón. Calles para que los muertos anden.
    Esto hizo que mis sentidos de nuevo tomasen vida. Como decía la bodega no era tal. Había sido reformada en su totalidad convirtiendose en un caserío inmenso que cogía de la mano a un abandonado huerto. Grandes terrazas arriba, multitud de ventanas en medio, y cemento mucho cemento abajo. Y perros, dos perros ladrando. No estaba habitada pero sí que la estaban preparando. Lo deduje por el continuo ruido de muebles y al ver asomarse a una joven a una de las terrazas a sacudir una vieja alfombra, que para más inri era verde.
    Continué el recorrido. A la izquierda bodega de José Maldonado, a la derecha la de Alonso y José García, a la Izquierda Luis Viñolo y a la derecha la de Ramón Lopez. Ya en la placeta y a la derecha José Romero, y la de Manuel Maldonado. Ninguna se mantenía en pie. Todo eran ruinas. No obstante presentí que debería de existir algo vivo. No podía estar muerto todo. Yo estaba allí y estaba vivo. Subí el callejón hacia arriba buscando la de José Castillo, nada. Atrás, la de Cayetano Garcia de la Torre.. no. Más atrás, la de José Viñolo, hacia la Fuente arriba; Miguelico, tampoco. De nuevo hacia atrás; Manolillo, Gunther, Evaristo, José el cohetero, Juan Viñolo, Antonio Viñolo. No. Hacia adelante a la derecha y luego hacia la izquierda: El diezmo… José Luis Galdeano. Hacia atrás; José el de Evaristo, Agustín… ¡ Ya está! ¡ Joseico!. Negativo. Garrigues, No. De nuevo a la Fuente de arriba. Ahí siempre se ha conservado casi todo. Paco Maldonado… Tampoco. Vuelta a la placeta.
    Intenté disfrutar de lo único con lo que no pudieron: La mar, aunque rodeada de grandes puentes y de moscas revoloteando a su alrededor. No solo se veían sino que también se oían. ¡Malditas moscas cojoneras! De todos los colores. ¡estamos rodeados de moscas y moscones! moscas negras, moscas verdes, moscas azules, moscas metalizadas. Moscas y más moscas. Y sus parejas los moscones, y sus hijos los mosquitos… En tal pensamiento me encontraba cuando la vista decidió mirar hacia la Izquierda y descubrir, junto con el último veraniego rayo de sol un trocito de verde natural. Era una casa que aunque a primera vista no existía, su chimenea si que asomaba al dar ese último rayo de sol. Olía a Chino.

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