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Homenaje a mi pueblo

29. Agosto 2007 | Por chiscotoni | Categoria: Actual

Hay otra España, que afortunadamente los medios de comunicación no reflejan, pero que está ahí desde siempre. Permanece silenciosa, ignorada, incluso menospreciada. Es la España de miles de pueblos que sigue viendo con distancia y escepticismo lo que se vive en las grandes capitales. Uno de esos pueblos es el mío, Sorvilán. Esta antigua alquería, refugio de moros que intentaban huir de la conversión cristiana. Más tarde refugio de bandoleros, que se escondían en sus intrincados barrancos de la vigilancia real, conoció tiempos mejores. Fue centro de una comarca en la que el cultivo del almendro, viñas y maravillosos huertos instalados al frescor de los barrancos regados por cientos de caños de agua nacidos de los cerros, aportaban a la creciente población local todo lo que necesitaba, sin necesidad de emigrar a otros puntos. Los niños corrían por sus calles.

Siguiendo una vieja tradición, los días siete y ocho de Agosto celebran sus fiestas patronales. Unas fiestas en las que cientos de gentes, unidas por lazos invisibles que tiran de ellos, como un látigo imaginario y que les acerca a este explendoroso balcón, que es la figura de San Cayetano cuya imagen es paseada por dos días por las empinadas calles de su pueblo.
Días antes, un incesante goteo de vehículos de todas las partes de nuestro país, van llegando. Los primeros saludos a gentes, son preludio de que el gran momento está a punto de llegar. Yo como visitante, me sucede una cosa parecida. El estómago se me empieza a molestar cuando mi coche traza el desvío de Lanjarón. Empieza a temblar cuando dibuja las curvas cerradas tras la Haza ddel Lino. Me empieza a faltrar el aire en los pulmones cuando la carretera serpentea y cuando atisbo el cruce ,de Polopos. La Chalupa, el Ventorrillo, son imágenes que se agolpan en mi cerebro evocando recuerdos de antaño. Divisar la Venta acrecienta mi nerviosismo, que estalla, cuando veo las primeras casas e inclino el cuello para decirme a mí mismo “todavía está ahí”. El empalme y los primeros viandantes reencontrándose con la vieja costumbre del paseo, me hacen revivir tiempos en los que me hacen sentirme niño y no puedo evitar que mi cuerpo tiemble y me haga sentir extraño. Todos los años sufro esta bendita sensación, y no me acostumbro. Los primeros abrazos a mi familia, los vecinos que te han visto crecer y hacerte un hombre. La misa de por la mañana, las primeras cervezas en la plaza, regadas por abrazos y estrechones de manos reencontrándose con viejos amigos que se han ido perdiendo en el tiempo y la distancia. La siesta, y la ropa nueva de estreno para iniciar la procesión.
La banda de música contratada, tañe lamentos preconizadas por unas marchas que acompañan al recogimiento y a al disfrute de los cientos de, como si de penitentes se tartase, silenciosos acompañan al simple cortejo, solo interrumpidos estos por los cientos de cohetes que estallan en el azulado cielo granadino, asustando a los miles de pájaros que ven como se les ha asaltado su intimidad en su sosegada vida. Doy fe que es un acto emocionante, casi sobrecogedor, tanto para los nacidos en el pueblo, como para el espectador que pretende mantener la distancia, pensando que es un acto solo para los nativos.
No me considero un buen católico, pero ver la imagen de nuestro patrón, ese mismo al que mi padre me llevaba a ver y que se me pierde en la memoria, en el marco ojival de su iglesia, portado por cuatro sorvilaneros y reflejándose en su cara el estallido de cohetes y carcasas de colores, algo dentro de mí me pellizca el corazón y me desata un cúmulo de sansaciones que jamás he experimentado en mi vida, nublandoseme la vista por una lágrima que mi verguenza intenta retener, no consiguiéndolo.
Ahora que se estimulan falsas identidades, el apego al pueblo de uno, a la tierra natal, al paisaje en el que uno ha pasado su tiernba infancia, me parece uno de los sentimientos más nobles del ser humano. Nuestros símbolos son la iglesia contra cuyos muros hemos estrellado la pelota, simulando el garage del cura esa portería en la que resonaban nuestros goles. La fuente de Abajo donde saciábamos nuestra sed, apartando avispas y oliendo a moras aplastadas en el suelo por el paso de viandantes.
Sorvilán es mi pueblo, es el pueblo de mis padres, de mis abuelos, de mis tatarabuelos. Cada piedra, cada calle, cada esquina, cada rincón, evocan algún recuerdo feliz en compañía de mi familia y amigos. El contrapunto a esa agradable sensación es la amargura de esos seres queridos que ya no están, pero que su espiritu impregna cada blanca fachada de nuestras casas y de la atmósfera del pueblo.
No sé por que la vida y la muerte están mucho más próximas en los pequeños lugares que en los grandes. Tal vez la cercanía a nuestros orígenes nos haga ser más lúcidos. Las ciudades nos envuelven en una dinámica que nos lleva a perder la conciencia de lo que somos. Por eso necesito volver, aunque solo sea unos días, y experimentar sensaciones que solo mi rinconcito alpujarreño me hace sentir. Mirar al limpio cielo, desde el templete de la terraza de la casa de mi padre, ver la cruz y observar que nada ha cambiado, que sigue allí es una fotografía que intento imprimir en mi alma, para llevarla el resto del año y me conforte.
A medida de que cumplo años, me doy cuenta de que nuestras raices en el pasado son mucho más profundas de lo que tendemos a creer. Nuestra existencia es un minúsculo ladrillo en un gigantesco edificio que va construyendo el paso del tiempo. Pensamos que somo únicos, pero si se adopta la suficiente perspectiva, somos como un grano de arena que tanto se parece a otro.
Cada uno de nuestros gestos repite un rito ancestral y, al mismo tiempo, anticipa los gestos de nuevas generaciones. Hasta la experiencia más solitaria de nuestro corazón es la anticipación o el eco de pasiones pasadas o venideras. Me gustaría inculcar eso a los míos, y que repitan este rito.
Nuestra identidad, lo queramos o no, está escrita en el pasado de nuestro pueblo, que guarda celosamente la memoria de donde venimos. Ir, aunque solo sea unos días a Sorvilán es una gran ocasión para reencontrarme con esa especie de geometría de las pasiones y de los sentimientos que nos han legado nuestros tatatatarabuelos y nos han hecho ser lo que somos.

chiscotoni

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3 comments
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  1. chispeiro, eres un mostruo, José Manuel y Encarni. Un Saludo y un abrazo.
    Dentro del album del choto, mira las fotos que hemos puesto.

  2. pinchad en la imagen par llegar a la comida de los colgaos 2007
    chisco.jpg
    o en este enlace: comida de los colgaos 2007

  3. ¡¡¡Que bueno!!!.Esos son muchos de los sentimientos que tenemos muchos y mas cuando te reencuentras con vecimos y SOBRE TODO el abrazo
    de LOS AMIGOS a los que hace un tiempo que no se
    ven.Yo,he tenido la suerte de volver a ver a Francisco Antonio después de unos años sin poder vernos.
    UN ABRAZO ENORME, SOCIO.
    PD.La comida solo tiene dos palabras: im-presionante.

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